El sabor de escribir en la escuela
Introducción por: María Riera, Directora, Escuela Virgen Misionera, Fundación Gente Nueva.
Escribir como proceso de pensamiento, escribir anclando en la experiencia que me deja del lado reflexivo, haciendo un lugar al plus de la práctica, haciendo lugar al proceso de conocimiento pedagógico que vamos transitando en los propios aprendizajes docentes. Es posibilidad en la escuela, es posibilidad que nos genera conversaciones colectivas, que nos genera preguntas colectivas, es una posibilidad dialéctica que se articula entre varios.
Y nos quedamos rebotando en los impactos, en los efectos…
¿Que puso a circular la propuesta de Silvina con el significante “Burbuja”? ¿Qué implico jugar con burbujas cuando volvimos a una escuela llena de burbujas?
“Me detuve en la ventana, miré desde afuera sin ser vista, nadie me vio porque la atención estaba en otro lado, porque la atención suspendió el tiempo de una burbuja que jugaba con burbujas, atentos-as a cuidar mi propia burbuja, atentos-as a cuidar las burbujas compartidas, a hacer durar un tiempo de suspensión, provisorio, disfrutable, acariciable y bello como las burbujas que brotaban.”
La escuela en tiempos de burbujas
Silvina Figueroa
silvinafigue@gmail.com
Egresada del Diploma Superior en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas
Profesora de Educacion física de primer ciclo de Escuela Virgen Misionera, Gente Nueva, Bariloche, Río Negro, Argentina.
«Van por el espacio, flotan sin sentido,
vuelan en silencio, se vienen conmigo.
Reflejan colores con la luz del día,
son tan transparentes como el alma mía.
Hay unas que explotan contentas y locas,
y otras que se funden igual que cuando me tocas.
Cuando sople fuerte cuando tenga espuma,
prometo llevarte a pasear en una…»
(Canción anónima)
Ver video completo de la escena aquí
Iniciamos el deseado ciclo lectivo 2021 con la promesa de la presencialidad, es decir con escuelas habitadas, de puertas abiertas, inundadas de gritos, risas y el dinamismo de niños y niñas corriendo por aquí y por allá. Con la promesa del reencuentro…una promesa que a la vez estaba teñida del riesgo de que el virus también se meta en la escuela.
Así es que, en medio de tanta incertidumbre, expectativas y falta de certezas, las palabras que más sonaban entre los/as docentes eran “protocolo” y “burbujas”.
Me detengo en esta última: burbujas. Allí, en esos primeros días, comienza a aparecer la idea de una propuesta para Educación Física que se termina de definir a partir de dos escenas.
Escena 1
Estábamos hablando entre colegas, pensando, tratando de imaginar cómo organizar los grados con la lógica de las burbujas. Las preocupaciones eran varias, muchas ligadas a los riesgos implícitos de quedarnos atrapados en una burbuja. Atrapados, aislados, ajenos al resto del grupo y también ajenos al resto de la vida escolar. “Cada uno en su burbuja”. Demasiados condicionantes para llevar adelante la labor docente porque el imperativo protocolar que resuena es “no se pueden romper las burbujas”. ¿Quién pensó en el nombre «burbujas» para nombrar a estos pequeños agrupamientos? El mandato de preservar la burbuja tiene algo de siniestro o perverso. Una burbuja justamente encarna lo inasible, lo efímero, está destinada romperse, a no durar mucho. Se explota, se funde…
Y sin embargo, esa nominación por otro lado me suena bonita, de hecho es una palabra con una sonoridad que ya de sólo escucharla invita a jugar. Quizás, también porque me recuerda a los primeros balbuceos de un niño pequeño: «bur-bu-ja».
Ahí, en medio de la preocupación se esboza una primera idea: intentar invertir el significante más amenazante.
Hoy estamos aquí gracias a estas “burbujas» que nos resguardan, no sabemos cuánto van a durar, entonces urge ponerlas a jugar. De hecho, las burbujas tienen ese “algo” que fascina. A grandes y a chicos se nos dibuja una sonrisa de sólo verlas flotando por el aire y casi nadie se puede resistir a tocarlas.
Escena 2:
Estoy en una plaza, casualmente hay un espectáculo con burbujas. Hay niños y niñas de diferentes edades. Las burbujas son arrojadas al aire, salen volando y justamente, la fascinación que producen hacen que se produzca lo que llamo “efecto piñata”. Niños y niñas se abalanzan para hacer explotar o tocar alguna, sin medir distancias, riesgos (ya no sólo el riesgo de aplastar o ser aplastado, también el riesgo que implica romper la distancia social y peor aún: sin barbijos). Miro la escena desde afuera, veo cómo mientras los más grandes, altos, veloces, intrépidos y audaces festejan la conquista de haber reventado más de una, por otro lado aparecen los llantos de los atropellados, pisados… o las expresiones de desilusión de los que no llegaron a tocar ni una. Se repite la escena una y otra vez. Algunas familias sacan a los más pequeñitos del medio para protegerlos, otros abandonan el juego…¿para qué insistir?
Pienso en que un simple espectáculo de burbujas reproduce finalmente un modelo de exclusión, tantas veces arraigado en las prácticas escolares que responden a un paradigma tradicional de Educación física. Paradigma en el que sólo pareciera que hay lugar para los rápidos, astutos, veloces, agresivos, desconsiderados, etc. (En este caso hablo en masculino porque muchas veces, aún en presencia de niñas, se reproduce este modelo que toma el sesgo de lo masculino y en el que se sobrevaloran estas cualidades). En Educación física hay una prevalencia de prácticas masculinizantes en las que el éxito de algunos conlleva un malestar profundo y un alto costo subjetivo para otros (o al menos desasosiego).
Me quedo pensando, encuentro en esta escena un nuevo significante que me gustaría, al menos, intentar conmover. También encuentro el empuje que me faltaba para concretar una propuesta para primer ciclo.
Preparo suficiente líquido hecho con semillas de lino para hacer burbujas maleables y resistentes. Aprendo a hacer burbujeros para hacer burbujas gigantes sin la necesidad de soplar (y así no romper el protocolo). Accidentalmente encuentro una bella canción, o me encuentra ella a mi. Una canción que estaba guardada hace mucho tiempo y que fue redescubierta en este momento burbujeante ¡Más preciso imposible! La música como puente para crear un ambiente relajado y acogedor. La poesía de la letra como posibilidad metafórica para adivinar con qué jugaríamos hoy.
Toda la propuesta gira en torno a invertir el “efecto piñata” y en cambio promover un encuentro lúdico centrado en el respeto por los tiempos individuales para que cada quien pudiera “decidir” con calma que querrá hacer con la burbuja que se les “entrega”. Las burbujas ya no son “lanzadas” de manera impersonal, ahora llevan nombre propio.
“Para decidir necesitamos tiempo» – les digo. Hay que vencer la impulsividad que viene de la mano con la fascinación y la urgencia por romperlas. La consigna es que nadie puede romper la burbuja que se le entregó a otro.
Necesitamos tiempo y calma para que aparezcan otras posibilidades del jugar. La consigna se transforma en “tratar de cuidar las burbujas” y conseguir que no exploten rápidamente. Intentar que sobrevivan por un tiempo, un poco y sólo un poco más largo.
Les ofrezco una manta de tela polar y manoplas de ese mismo material ya que con esa superficie podemos sostener las burbujas sin que se revienten. Es preciso conectarnos con otros parámetros de movimientos: la quietud, la espera para recibir a la burbuja, la suavidad, la armonía y precisión de los movimientos, el equilibrio estático y dinámico súper cuidado para que no se escapen, rueden y caigan. Un tono muscular que se distiende y que de a poco se vuelva disponible y armonioso.
Así aparecen otros modos de jugar y de encuentro con el otro: pudieron hacer pases, hacer un recorrido con la burbuja sostenida en la palma de la mano, o que la burbuja circule por cada uno/a sin que se caiga hasta dar la vuelta completa por una ronda grupal. Las hicieron volar con la manta, hay quienes descubrieron que podían hacerlas girar, atraparlas sobre las manoplas, hay quienes se sirvieron de la música para conectar con una cadencia que les permitió suavizar y armonizar sus movimientos, girar y bailar mientras las hacían flotar. Infinidad de experiencias.
De fondo resuenan las risas, gritos e inclusos susurros y suaves exclamaciones de asombro.
Insisto: “Necesitamos tiempo y calma para que aparezcan otras posibilidades de jugar”. Necesitamos tiempo para que cuaje una propuesta corporal diferente, que intenta ser inclusiva, democrática, sensible.
Hubo tiempo, hubo magia y al final estábamos inmersos en una gran burbuja. Al menos esa fue la impresión que le produjo a María, la directora de la escuela, al vernos desde afuera. Y es cierto, fue una propuesta que convocó absolutamente a todos y todas. Incluso a Uli con su renegación antes de saber de qué va la invitación, a Tomás con su cierta oposición por descarte, a Juli con su apatía hacia las propuestas que les había presentado hasta este momento, a Felipe con su aparente dispersión, a Lisandro con su no-poder-quedarse-quieto y su impulsividad a flor de piel, etc, etc, etc. Todos/as atrapados en una gran burbuja.
Burbujas como posibilidad de acompañar este tiempo que amerita cuidarnos como nunca. Burbujas como tiempo de Aión, ese tiempo sin tiempo, el tiempo de jugar, un tiempo libre de amenazas donde el amor y la amistad se conjugan.